Los problemas emocionales que enfrentan los docentes en la actualidad
Semana 1. Introducción a los problemas
emocionales en la educación.
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extraída de Linkedln
Presentación
En el
ámbito educativo, los docentes desempeñan un rol fundamental en el desarrollo
académico y personal de los estudiantes. Sin embargo, en medio de las
exigencias actuales, enfrentan desafíos emocionales significativos que impactan
tanto su bienestar como la calidad de la enseñanza.
Competencia de la semana
Tema
1. Introducción a los problemas emocionales en la docencia.
·
Definición y contexto
actual.
Los problemas emocionales en la docencia se refieren a las
dificultades psicológicas y emocionales que enfrentan los educadores en su
entorno laboral. Estos problemas pueden surgir debido a diversas razones,
incluyendo el estrés asociado con la carga de trabajo, las demandas de los
estudiantes, la falta de apoyo institucional, o las presiones administrativas.
La importancia de abordar estos problemas radica en su impacto tanto en la
salud y bienestar del docente como en la calidad de la enseñanza y el
aprendizaje en el aula.
En la actualidad, los problemas emocionales en la docencia
están recibiendo una atención creciente debido a la presión cada vez mayor
sobre los educadores. Factores como la sobrecarga de trabajo, la falta de
recursos, la gestión del comportamiento de los estudiantes y la necesidad de
cumplir con estándares educativos rigurosos pueden contribuir al agotamiento
emocional. Además, la pandemia de COVID-19 y sus consecuencias han exacerbado
estos problemas, creando un entorno aún más desafiante para los docentes.
El estrés crónico, la ansiedad y el agotamiento son comunes
entre los educadores, y estos problemas pueden llevar a una disminución en la
eficacia de la enseñanza, un mayor ausentismo y una mayor tasa de rotación del
personal. Por ello, es crucial que las instituciones educativas implementen
estrategias de apoyo y bienestar para sus docentes, incluyendo programas de
desarrollo profesional, apoyo emocional y medidas para reducir la carga
laboral.
Existe una segunda razón más interesada y egoísta por la
que las habilidades de inteligencia emocional son importantes en el
profesorado. En concreto, las habilidades de inteligencia emocional ejercen
efectos beneficiosos para el profesorado
a nivel preventivo. Es decir, la capacidad
para razonar sobre
nuestras emociones, percibirlas y
comprenderlas, como habilidad intrínseca del ser humano, implica, en último término, el desarrollo de
procesos de regulación emocional
que ayudarían a moderar y prevenir
los efectos negativos del estrés docente a los que los profesores están
expuesto diariamente.
Pero, ¿por qué es necesario aprender a razonar, comprender
y regular nuestras emociones en el contexto educativo? El motivo es que la
actividad docente es una de las profesiones con mayor riesgo de padecer
distintas enfermedades. Resumidamente,
es una cruda realidad que los docentes hoy en día experimentan de forma cada
vez más creciente una variedad de trastornos y síntomas relacionados con la
ansiedad, la ira, la depresión y el conocido síndrome de estar quemado o
burnout. Estos problemas de salud mental además se agravan, en algunos casos,
con la aparición de diferentes alteraciones fisiológicas (e.g., úlceras,
insomnio, dolores de cabeza tensionales,) como consecuencia de diversos
estresores en el ámbito laboral que van articulando su aparición y desarrollo
(Durán, Extremera y Rey, 2001). En la
actualidad, los profesores han de afrontar una posición diferente, nuevos retos
y desafíos que poco tienen que ver con los de décadas anteriores. Aspectos como
la falta de disciplina del alumnado, problemas de comportamiento, el excesivo
número de alumnos, la falta de motivación por
aprender, la apatía estudiantil por realizar las tareas escolares
encomendadas y el bajo rendimiento se
han convertido en importantes fuentes de estrés para el profesorado que afectan a su rendimiento
laboral.
La inmigración está
contribuyendo a la heterogeneidad cultural de las clases, lo cual se
convierte en un desafío adicional para el profesor que debe ajustar el estilo
de enseñanza y el curriculum a las nuevas necesidades convirtiéndose en un
nuevo factor de estrés (Tatar y Horenczyk, 2003). En muchos casos, la pérdida
de credibilidad en la labor profesional de los profesores y el bajo estatus social
y profesional, entre otros, merman aún más la capacidad de afrontamiento del
docente. Así, la ociedad demanda al profesor una mayor preparación técnica,
especialización no sólo en contenidos sino también en la metodología docente,
en el conocimiento psicológico de los alumnos, la enseñanza de valores cívicos
y morales, etc. A estas crecientes exigencias se suma el hecho de que el
sistema educativo no siempre favorece un contexto organizacional que apoye al
profesor, independientemente del nivel en el que se sitúe. Como se observa,
mientras los profesores se incorporan a su profesión con unas altas expectativas
y con un objetivo claro de educar a los niños y adolescentes.
Las diversas fuentes de estrés existentes van degradando
esa expectativa original. Las
condiciones laborales, la falta de recursos en comparación con las altas
demandas requeridas, las distintas presiones temporales se convierten en obstáculos,
muchas veces insalvables, que pueden hundir el entusiasmo inicial del docente y
desembocar en la aparición de estrés laboral, diversos síntomas ansiosos o
depresivos y trastornos de salud física y mental dando lugar, en algunos casos,
al absentismo, la baja laboral o el abandono de la institución.
Las consecuencias de esta situación, finalmente, no afectarán
únicamente al profesional docente (e.g. bajo bienestar psicológico, deterioro
de las relaciones sociales), o a la organización en la que trabaja (e.g.,
absentismo, abandono de la institución),
sino que el alumno/a va a ser el directo receptor de un servicio de “baja calidad”
en relación a algo esencial: su propia educación y/o formación como profesional.
Debido a la ingente
cantidad de factores que ocurren durante la práctica docente, resulta difícil
atribuir a una o varias causas el síndrome de burnout docente y sus
consecuencias. No obstante, se reconocen varios grupos de agentes que
contribuyen a la aparición del estrés laboral en el profesorado. Entre
estos factores podemos destacar tres
grandes grupos: 1) factores que se sitúan en el
contexto organizacional y social (e.g., sobrecarga de trabajo;
presiones temporales, escasez de
recursos,...; 2) factores vinculados a la relación educativa (e.g., escasa disciplina y mala
conducta al alumnado, desmotivación
estudiantil, falta de comprensión por parte de compañeros de trabajo); y
3) factores personales e individuales
relacionado con variables inherentes del
profesorado que influyen en la vulnerabilidad al estrés docente (e.g.,
experiencia docente, autoestima, estilo atribucional, características de personalidad) (Doménech, 1995; Valero, 1997). Las
habilidades de inteligencia emocional se centran en este tercer grupo de
factores relacionados con las habilidades intrínsecas del docente. La
literatura ha dejado patente la relación entre una mayor vulnerabilidad hacia
el síndrome de burnout y diversas características de personalidad tales como autoestima, locus de
control, patrón tipo A, etc (Schaufeli y Enzmann, 1998; Maslach, Schaufeli,
& Leiter, 2001). El problema de
estas variables clásicas de personalidad es que hacen referencia a rasgos o
estados inherentes de la persona más que a la manera en la cual el sujeto
percibe, comprende y maneja sus emociones y la de los demás.
En este sentido, desde el campo de estudio de la
inteligencia emocional se empieza a prestar atención a las habilidades
emocionales que las personas desarrollan para afrontar los diversos
contratiempos, entre ellos, aquellos ocurridos en el contexto escolar. Puesto
que lo característico y peculiar del burnout es que el componente estresante
surge de la interacción social entre quien ofrece sus servicios y quien los
recibe, examinar diferencias individuales en las habilidades para regular las
emociones negativas de los demás, así como manejar las propias sería un
componente clave en el estudio de los recursos personales que hacen al
profesorado más resistente a la aparición del síndrome.
Algunos trabajos recientes han encontrado evidencias de que
una gestión adecuada de nuestras reacciones emocionales disminuye los niveles
globales de estrés laboral del profesorado incluso cuando se controlan
estresores típicamente organizacionales y del entorno de trabajo. Por ejemplo,
Mearns y Cain (2003) encontraron que profesores estadounidenses, tanto de
secundaria como de primaria, con altas expectativas sobre la regulación de sus
emociones negativas utilizaban más estrategias de afrontamiento activo para
enfrentarse a las situaciones laborales estresantes, experimentaban menos
consecuencias negativas del estrés y sus puntuaciones en su realización
personal por el trabajo eran mayores.
Otros estudios en España han examinado el papel de la
inteligencia emocional, evaluada a través de una medida de auto-informe (Trait Meta-Mood
Scale (TMMS)), y ciertas estrategias de afrontamiento como la supresión de
pensamientos en la aparición del burnout y el desajuste emocional en profesores
de enseñanza secundaria (Extremera, Fernández-Berrocal y Durán, 2003). Los
resultados revelaron que los niveles de inteligencia emocional auto-informados
de los docentes y la tendencia a suprimir los pensamientos negativos explicaban
parte de la varianza de las dimensiones de burnout no explicada por la edad, el
sexo o los años de docencia de los profesores, factores, por otra parte, clásicamente
relacionados con el síndrome. En concreto, para la variable de salud mental y
cada una de las dimensiones del burnout los resultados fueron los siguientes:
el profesorado con una mayor tendencia a suprimir sus pensamientos negativos y
menor capacidad de reparación emocional indicaban un mayor cansancio emocional,
mayores niveles de despersonalización y puntuaciones más bajas en salud mental.
En cambio, aquellos docentes con una capacidad más elevada para reparar y
discriminar sus estados emocionales informaron puntuaciones más elevadas en su
realización personal.
Finalmente, se
dividieron a los profesores en grupos extremos (altas y bajas puntuaciones en
cada dimensión de burnout). El grupo con alto cansancio emocional se diferenció
del grupo con bajo cansancio en puntuaciones más elevadas en atención emocional
y supresión de pensamientos y niveles más bajos de reparación y salud mental.
Con respecto al grupo de profesores caracterizado por alta despersonalización,
presentaban menores niveles de reparación y mayor tendencia a suprimir sus
pensamientos. Finalmente, el grupo de docentes con altos niveles de realización
personal presentaba puntuaciones más elevadas en claridad emocional y
reparación de las emociones.
Utilizando una medida de
habilidad de inteligencia emocional hemos encontrado resultados similares. En
concreto, en un estudio con 42 profesores de secundaria de dos institutos
diferentes observamos relaciones significativas entre la escala de manejo emocional
del MSCEIT (Mayer Salovey Caruso Emotional Intelligence Test; Mayer, Salovey y
Caruso, 2002) y puntuaciones en burnout y salud mental. Las puntuaciones en la
escala de manejo emocional se relacionaban positivamente con salud mental y con
la realización personal del profesorado, mientras que correlacionaba de forma
negativa con despersonalización. Por otra parte, la escala de manejo emocional
del MSCEIT explicaba varianza significativa en salud mental y en las
sub-escalas de burnout, incluso cuando se controlaron variables
sociodemográficas como el sexo, la edad y los niveles percibidos de reparación
emocional del TMMS-24 (Extremera, Fernández-Berrocal, Lopes, y Salovey, en
preparación).
Estos hallazgos muestran
que la inteligencia emocional proporciona un marco teórico prometedor para
conocer los procesos emocionales básicos que subyacen al desarrollo del burnout
y puede ayudar a comprender mejor el rol mediador de ciertas variables emocionales
del profesorado y su influencia en el rendimiento y la calidad de sus servicios
en el aula y de su propio bienestar personal. Asimismo, estos resultados
subrayan la importancia de las habilidades emocionales de las personas para
afrontar inteligentemente situaciones altamente afectivas que ponen al docente
al límite de sus recursos. Tales habilidades deben ser tenidas en cuenta para
prevenir la aparición del síndrome del burnout en la práctica docente y,
sobretodo, en futuros programas dirigidos a la prevención, formación y
entrenamiento en el control del estrés laboral del profesorado.
Para finalizar, no
queremos hacer creer al lector que la inteligencia emocional cambiará drásticamente
su vida a partir de hoy. Debemos ser realistas, estas habilidades no nos
convertirán en invulnerables ni nos prevendrán del desconcierto. Nuestra
inteligencia emocional no hará que nuestros alumnos sean educados y estén
motivados por aprender, que nuestros compañeros o padres de alumnos no discutan
con nosotros o que nuestros problemas burocráticos y administrativos del centro
se acaben. Ahora bien, ser emocionalmente inteligente disminuirá el desgaste
psicológico que implica todo este tipo de problemas diarios y facilitará
nuestra tarea en el aula e, incluso, hará que volvamos a disfrutar de una tarea
tan fascinante como es enseñar a los demás.
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